Atrapado en el tiempo

Te despiertas. No ha sonado el despertador, pero lo mismo da, no lo necesitas, te despiertas igual. No es de dia aun. Puede que sea sábado o domingo o puede que martes. Son el mismo comienzo, pero con diferente final. Tus días, últimamente, se asemejan demasiado. Tus planes son sencillos: sobrevivir al día con la mayor dignidad posible. Aprovechar el tiempo para que, cuando llegue el lunes, no sientas que has desperdiciado un fin de semana más… aunque sabes que, hagas lo que hagas, será demasiado corto o poco intenso o demasiado anodino. Últimamente, no, hace ya bastante tiempo que nada te llena. Planeas sobre tu vida sin rozarla. Eliges entre un puñado de opciones, escoges qué paso dar entre los caminos posibles, pero, en tu limitada capacidad de escoger, no decides nada realmente. Lo sobrellevas. Has aprendido a aceptarlo.

A veces te levantas decidido y te gustaría que hoy fuese diferente. A veces oyes hablar de gente que lo ha conseguido. Cambiar, quiero decir. Pero cambiar no es fácil. Tienes cadenas de mayor o menor relevancia que te mantienen anclado a tu realidad. A esa rutina que te quema pero que, al mismo tiempo, te engancha. Tienes tu trabajo, tu familia, tus amigos. Puede que no tengas nada y solo sea miedo. Puede que tengas todo y miedo al mismo tiempo. El caso es que te falta iniciativa. Te sobran medios, pero te faltan ganas. Sueñas a menudo con tu libertad, con viajes de largo recorrido, con tardes dibujadas bajo el sol, con canciones cantadas a dúo (te recuerdo Amanda), con hojas de libros que te transportaban a otro lugar… sueñas con esa vida inalcanzable que siempre has deseado, con todas esas experiencias que no te has atrevido a vivir de frente y de las que solo alcanzabas en definitiva a soñar. Y eso te deja confuso porque, de repente, no sabes quién eres y hacia donde vas, o lo que es peor, no quieres ver hacia donde vas. Te despiertas todos los dias a cierta hora de la mañana para cumplir con un trabajo que se ha convertido en la base de tu vida. Regresas a un ocio impuesto los jueves por la noche, al plato sobre la mesa, los veinte minutos de siesta… Y ves pasar los días cansados, iguales, tranquilos, clónicos. Aprendes a valorar los diez minutos menos de atasco del martes o la coca cola que derramaste sobre el suelo el martes. Te gusta la pasta de los miércoles, pero detestas el arroz con verduras del viernes. Sin darte cuenta, buscas diferencias que te ayuden a distinguir tus rutinas.

Y llega el fin de semana. Hay posibilidades. Hay ganas, hay tiempo, hay iniciativas. Parece que, por un momento, no existen los horarios. Y te levantas un poco mas tarde, desayunas, trabajas, comes, haces la siesta… y, cuando te quieres dar cuenta, el sábado ya es igual que otro dia. Los mismos planes que el anterior. Todo se repite. Estás atrapado en un bucle sin salida… y no te atreves a huir. Eres un prisionero de tu rutina. Eres un esclavo, una víctima y, sin embargo, no dejas de ser tu verdugo.

© Aileen Baker

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