Breve historia de casi todo

Nunca tuvo significado. Puede que, de algún modo, para él aquello fuera la coartada perfecta. Una excusa más, una locura… una salida oportuna a una situación delicada. Puede que, incluso, fuese real pero, tan complejo e imposible, que tratar de confesarlo resultaba inútil. Una carambola del destino más para aquella rocambolesca historia en la que, los culpables, terminaron por ser víctimas y, la víctima, el peor de los verdugos. Al final, como en todas las historias de ciencia ficción, el tiempo se volvió en su contra y nuestro protagonista, terminó perdiendo la partida que creía ganada. Una partida que nadie ganó pero que, curiosamente, tampoco quedó empatada. Todos perdieron algo en aquella locura transitoria, con premeditación y alevosía o, lo que es lo mismo, con mala suerte y demasiadas buenas intenciones.

Se quedó solo, ya veis. Cuando se creía poseedor de todas las respuestas, apostó su integridad a la carta de las buenas voluntades… y perdió. Los buenos deseos se hicieron realidad y, como todos sabemos, no hay nada más peligroso que un deseo cumplido. Aquella burla del destino le dejó plantado y solo, esperando que el final no fuese determinante y que, como tantas otras veces, todo terminase siendo un simulacro más. Otra anécdota para el cuaderno de causas perdidas, donde las anotaciones sobre su absurda coexistencia se subrayaban con tinta verde y borrones acuosos.

Luego vino todo lo demás. Dicen del olvido que es traidor y cobarde. Dicen que, cuando crees que está de tu lado, se da la vuelta y te apuñala. Dicen que es mejor no fiarse, mantener la distancia, cerrar todas las puertas antes de abrir las siguientes… pero nadie aprende una lección hasta que cae de bruces contra ella.

Ella no, no era prudente. Era un poco absurda, ignorante y confiada. Era la protagonista de un libro que nunca debió ser escrito. Era la perdedora que, con incredulidad, sostiene entre sus manos el primer trofeo de su vida. Era demasiado vulnerable y estaba tan machacada por vida que ya no distinguía los pisotones de las caricias. Todos aquellos consejos le resultaban ridículos. ¿Tiene acaso el olvido intenciones? ¿Tiene maldad, conocimiento o razón?¡ Ni siquiera es tangible! No puede ser peligroso. Y así, decidió olvidar. Se entregó a aquel olvido etéreo y le entregó todas sus armas. Firmó la paz, descanso la mirada, se permitió soñar… y perdonó. Perdonó porque ya no existía rencor en su alma. Ya no dolía tanto aquel dolor de antaño, ya no quemaba… y las buenas intenciones le parecieron, de repente, mucho más ciertas que entonces. Empezó a creer que, quizás, no prestó demasiada atención. Se terminó olvidando de las excusas que nunca existieron y descansó de tanto rencor, tanto odio y tanta indiferencia.  Era tan frágil que bastó un soplido para derribarla. Un olvido traidor, una puerta entre abierta, un paso en falso… y aquel protagonista harto de resignarse a su soledad. El orden de los factores, esta vez, si altera el producto.

¿Cómo acaba una historia que ya estaba acabada? ¿Cómo termina algo que, en realidad, nunca comenzó? Se desintegra, eso es todo. Las cosas que no existen pueden jugar un tiempo a ser reales pero, al final, se resignan y desaparecen. Como los malos de película que nunca mueren a la primera pero que, llegado el momento, lo hacen sin pena ni gloria. A nadie le importa que muera el malo. A nadie le afecta que desaparezca algo inexistente.

Terminó con un portazo, con una mano que las sostuvo, con un trato… “No, no olvidaré. Recordaré cada palabra, cada frase, cada embuste, cada desprecio… recordaré todos y cada uno de los momentos que me hicieron sentir infeliz…” dijo. Y el olvido sonrío tímidamente. No todo estaba perdido….

© Aileen Baker

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