Contra Aquiles

No soporto a los émulos de Aquiles

Gente que está todo el día midiéndose

Que quieren ser los mejores en todo

Que se tienen a sí mismos como el canon de la perfección

Que presumen de vivir la vida a tope en cada respiro.

Que hacen de la acción un culto para elegidos

Que miden al resto desde la cumbre del Olimpo

al que suben de una tacada varias veces al día.

 

Yonquis de experiencias al límite

a las que se exponen sin pudor alguno para luego contarlas.

Puritanos de la testosterona

que juzgan sin piedad a los pobres mortales que nunca están a su altura.

Miembros autoproclamados de una nueva aristocracia

que recorre el mundo esponsorizada por aquellos mismos a los que desprecian.

 

La mayoría se me asemejan a Hemningway pegando cuatro tiros en el frente de Teruel antes de volver corriendo hasta Madrid para mandar la crónica de la batalla desde el Hotel Florida y empezar a darle vueltas a “¿Por quién doblan las campanas?”

 

Por eso sus referentes siempre son Aquiles y por el estilo

Ídolos esencialmente violentos y mal encarados que todo lo resolvían a guantazos o mandobles.

Héroes de épocas en las que la sensibilidad era lo más parecido a una tara genética.

Canallas cuya fama se acrecentó en correspondencia a la sangre derramada bajo la bandera de turno.

Machos alfas, con o sin copa cazallera, que parecen estar hablándote directamente desde sus criadillas.

Por eso siempre se referirán antes a Viriato, al Cid Campeador, Hernán Cortés, al Empecinado o a Millán Astray que a Marcial, Santa Teresa de Ávila, Bartolomé de las Casas o a Miguel de Unamuno.

 

Y por eso también yo confieso denostar a Aquiles

Del que no salvaría ni el talón que lo volvió humano.

Y me decanto más por un Ulises que en Troya no hizo gran cosa,

Que no era el más fuerte ni el más bello de todos los griegos

Pero que superaba a todos en astucia y ganas de vivir.

Razón por la que en lugar de volver a Ítaca una vez acabada la guerra

Se dio a una juerga que duró diez años de un extremo a otro del Mediterráneo.

Y luego ya de vuelta a casa y para hacerse perdonar la tardanza,

Mató a los pretendientes de su señora haciéndose el primer ofendidito de nuestra Historia.

©Txema Arinas

 

 

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