Emily Dickinson (1830-1886)

Nació en Amherst en 1830. Su padre fue un abogado culto y austero, según el estilo burgués de Nueva Inglaterra y su madre estuvo postrada los últimos años de su vida y tanto Emily como su hermana pequeña Lavinia, tuvieron que hacerse cargo de ella. Ambas tenían un hermano mayor, William.

Aunque de su infancia se tienen pocos datos, sabemos que Emily creció en un ambiente profundamente puritano y que en algún momento decidió que quería estudiar, algo poco común entre las jovencitas de su círculo. Estudió en la Academia de Amherst y en el seminario Femenino de Mount Holyoke, en Massachussets, donde recibió una rígida educación calvinista que dejó huellas en su personalidad y a la que se enfrentaría con su carácter escéptico. La pequeña aprovechó aquella oportunidad única. Historia, literatura, matemáticas, lenguas clásicas, todo lo que estuvo a su alcance fue estudiado por Emily con mayor o menor dificultad y superando la exigencia que ella misma se auto imponía y las deficiencias de salud que sufría.

Muy pronto decidió aislarse del mundo, manteniendo contacto solamente con unas pocas amistades, como el escritor Samuel Boswell, con quien sostuvo una larga correspondencia. A los veintitrés años, Dickinson tenía conciencia de su propia vocación casi mística, y a los treinta su alejamiento del mundo era ya absoluto, casi monástico. Retirada en la casa paterna, se dedicaba a las ocupaciones domésticas y garabateaba en pedazos de papel (con frecuencia ocultados en los cajones). En 1861, cuando apenas había alcanzado la treintena, Emily Dickinson empezó a reducir sus salidas y a limitar las visitas en casa y a vestir solamente de blanco, “mi blanca elección” según sus propias palabras, rasgo que expresaba la ética y transparencia de su poesía. Pocos meses después, ya nadie la vio. Su extraña fobia a los demás y a salir de casa la llevó a recluirse en su habitación los últimos quince años de su vida.

La personalidad de Emily Dickinson continúa siendo a día de hoy un misterio para los apasionados de su obra. Existen dos grandes misterios, el primero, no querer publicar nada de lo que escribía y siempre creyendo que sus versos no eran dignos de ser compartidos con el público. El segundo, por qué se recluyó de por vida sin una razón aparente.

Escribió unos dos mil poemas y unas mil cartas sin salir apenas de su casa de Amherst. La primera figura literaria de la época en darse cuenta de su valía como poetisa fue el clérigo y escritor Thomas Higginson, que le aconsejó no publicar su obra ya que iba en contra de las convenciones literarias de la época. Pero su otra influencia literaria, la novelista Helen Jackson, intentó convencerla para que publicara un libro de poemas.

En vida tan solo publicó siete. Poco tiempo después de su muerte, su hermana descubrió en la habitación en la que había vivido Emily los últimos años ni más ni menos que cuarenta volúmenes que parecían haber sido encuadernados por la propia escritora. Aquellas joyas habían escondido en el silencio de sus páginas más de ochocientos poemas que el mundo pudo disfrutar cuando Emily ya no estaba. Poemas la mayoría de los cuales recogían versos de amor. De un amor secreto que, según algunos estudiosos, podría haber sido la causa de su extraño aislamiento del mundo. A partir de este material, Higginson y Mabel Loomis Todd, una amiga de Amherst, editaron la primera selección de su obras, Poemas (1890), que tuvo un gran éxito popular.

Emily fallecía el 15 de mayo de 1886 después de años de sufrimiento causado por el Mal de Bright, al haber permanecido tanto tiempo inactiva.

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