Gala

Ascendí con delicadeza mi dedo por su columna vertebral y contemplé el espectáculo de Gala sentada en el borde de la mesa arqueándose, con los ojos cerrados y su boca abierta emitiendo un gemido. Paré de moverme dentro de ella para observar la magia que desprendía en esos instantes en los que pasaba de estar al acecho a dejarse llevar.

Me emocionaba.

No sabía por qué, pero lo hacía.

Transcurridos unos segundos, abrió sus ojos como despertando de un sueño.

Me miró.

Sostuvimos nuestras miradas.

Porque sólo Gala podía perderse mirando mis ojos y sólo yo tenía acceso a los dos pozos que eran los suyos, salvo que no eran negros, eran color café, de los que reconfortan en los días de frío. Ella era calma en medio de la tempestad que, con más o menos furia, siempre me acechaba. Un refugio que me hacía mitigar el dolor de un pasado que a veces volvía para hacerme recordar que la vida había sido muy perra.

Conmigo. También con ella.

Consecuencias. Secuelas. Más en el cuerpo que en la mente o más en la mente que en el cuerpo. O en ambos. Qué más da.

El sexo pasó a un segundo plano mientras transitábamos uno en el interior del otro haciendo un recuento minucioso de las cicatrices de guerras pasadas, tratándolas con respeto, casi con reverencia.

Cicatriz.

Reverencia.

Dolor.

Reverencia.

En silencio. En calma. Sin importarnos esa intromisión. No entre nosotros. Con el resto, Gala sonreía incesantemente para desviar su atención y conseguir que se fijaran más en su boca que en su forma de mirar, tan huidiza, pero tan bella, siempre curiosa y alerta.

Gacela. No quería que nadie viera la cárcel en la que a veces quedaba aislada; en la que, de repente, la vida era una grabación en que la imagen y el sonido iban desincronizados. Confusión. Caer suplicando una tregua que en algún momento llegaba, claro que llegaba, porque Gala, si no podía alzarse y caminar, avanzaba de rodillas. Siempre hacia delante. Sin eludir el monzón.

A veces, sus ojos dejaban de ser pozos para brillar como dos faros que me indicaban el camino a casa. Y qué mirar. Su cárcel, mi cárcel. Su pesadilla, mi frustración. Porque a veces creía que Gala se me iba a escurrir entre los dedos.

Desolación. Por no querer perderla en esos momentos en los que parecía que por fin te entregaba su alma para, con furia, lanzarte al fondo del océano en sus dudas, y antes de que pudieras ahogarte, devolverte con urgencia a la superficie para recoger en su beso el oxígeno que te devolvía a la vida.

Dar y quitar. Recibir a trompicones. Batalla interna y su lengua entrelazándose con la mía en una guerra encarnizada en la que se debatía entre los fantasmas del pasado que acechaban en el instante en que decidía bajar la guardia. Pero los vencía. Y se separaba de mi boca para recostarse en mi hombro y posar su nariz en mi cuello. Respiración sobre mi piel. Un escalofrío y su lengua dibujando un camino hacia el lóbulo de mi oreja, apresándolo entre sus labios. En esos momentos de convulsión y calma, parecía decirme: “Les vencí un poquito más. Avancé un pasito más”.

Éramos dos almas rotas, cada cual con sus máscaras y sus artimañas para sobrevivir en un mundo que a veces se nos hacía un verdadero suplicio. Cada cual protegiendo lo que había sido más vulnerado de su cuerpo. Pasando desapercibidos cómo podíamos. Siempre intentando guarecernos en las sombras. ¿Cuántas veces, por nuestra cuenta, habríamos estado a punto de ahogarnos en el lodo? Pero nos habíamos alzado una y otra vez hasta toparnos el uno con el otro, y ahí estábamos ahora, frente a frente.

Gala, qué bonito conocerte.

Tan rota.

Pero tan entera.

El mosaico perfecto.

Kintsugi. Heridas restauradas. Aún visibles.

Sonrió y deslizó el dedo índice por mi nariz para posteriormente llenarme los labios de besos pequeños y rápidos mientras, con sus piernas envolviendo mi cintura, me atraía hacia ella. Cerré los ojos y me perdí. Por supuesto, Gala era dolor, pero también era la risa liberadora del niño que aprende a ir en bicicleta y descubre el placer del viento azotándole en la cara. La sonrisa de buenos días y esa mirada que siempre te decía «Todo irá bien».

Era entusiasmo cuando algo le sorprendía, y eso era a menudo. Gala, en ese estar en guardia sin descanso, había aprendido a mostrar una elegancia que me cortaba la respiración. Gala era tiempo, el que quisiera darme a mí mismo para quitarme las capas una a una y mostrarme en cuerpo y alma. Con palabras. Las mías. Explicaciones. Argumentos. Matices. Porque Gala no decía nada, pero te observaba, y, en un despiste, te soltaba una verdad como un disparo sin darte tiempo a ver de dónde venía la bala.

Pero no dolía. Gala no dolía. Apoyaba la palma de su mano en mi mejilla y todo se desvanecía como en un reloj de Dalí. No pasa nada. Rien de rien. Non, je ne regrette rien.

Saltó de la mesa y se deslizó hasta quedar de rodillas y empezar entonar una plegaria silenciosa. Coloqué mi mano en su pelo, paró y alzó la cabeza esperando mis órdenes.

Sumisión.

Su misión.

Y me arrodillé colocando mi frente contra la suya.

Devoción absoluta.

Mi cuerpo tumbado en el suelo. Ella a horcajadas sobre mí.

Gala ganando velocidad mientras me observa sin perder detalle, mis dedos clavándose en sus caderas y el estallido. Gala abriendo sus pétalos para mostrarme el color de su sexo y su pecho subiendo y bajando. Encorvada hacia atrás, mi cintura elevándose unos centímetros. Su gemido. El mío. Al unísono. Y en esa liberación, una oda al dolor, a la esperanza, a la vida, a esa conexión casi mística que nos mantenía en pie sobre la misma cuerda floja. El silencio de después. Gala sobre mi pecho y nuestras manos entrelazándose en una promesa. Nuestra promesa.

© Laura González Barro

Ilustración de Frida Casteli

Kintsugi: técnica centenaria japonesa que consiste en reparar piezas rotas de cerámica con un barniz espolvoreado de oro, fortaleciendo la pieza y dotándola de belleza. Su mensaje es claro: sobrellevar las cicatrices y hacer frente a las adversidades con las que nos topamos.
Gacela: en la iconografía egipcia es una deidad protectora, con cierto carácter guerrero, conectada a la realiza. Suele relacionarse también con la medicina, pues curaba enfermedades. Es conocida con el sobrenombre “la que escucha los ruegos” y como patrona de la honestidad.
Si nos vamos al mundo semítico, la gacela representa la belleza y una gran agudeza visual.
Por lo general es característica por estar siempre alerta y consciente, al acecho, y por su gracilidad en los movimientos y capacidad de maniobra.

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