Gustavo de Maeztu

Terminando la relectura de LA NAVE DE BACO de Miguel Sánchez-Ostiz, huelga decir que he disfrutado si acaso más que la primera vez, siquiera que la he “abarcado” mejor. Pero como va de Gustavo de Maeztu y su mundo, yo no podía dejar recordar las pinturas de éste que exhibe desde hace décadas el Museo de Bellas Artes de Vitoria sito en ese palacio de los Augustin-Zulueta que de pequeño me dio también tanto para imaginar, en realidad todos los museos de la Senda me daban para mis fantasías, a destacar la Casa de las Jaquecas, donde nació Ernestina de Champourcin, poetisa de la generación del 27, o ese otro orientalizante llamado Villa Sofía. En fin, a lo que íbamos, recuerdo que de mico mi padre me llevaba por lo menos una vez al año a visitar el Museo de Bellas Artes, de cuando mi padre me llevaba a pasear con él casi todas las tardes del domingo, entre semana incluso al acabar el trabajo. Para mí era el museo del pintor vitoriano Fernando de Amárica porque allí estaban casi todos sus cuadros y porque, como era de esperar de un hombre del campo, mi viejo sentía especial predilección por esos cuadros en los que aparecían estampas paisajistas de todo tipo y lugares del país, también de su pueblo. Creo que sólo reparé en Maeztu de mayor, esto es, en su originalidad entre tanto paisaje y bodegón coetáneo. Con todo, o lo que es lo mismo, con esa frivolidad conceptual tan propia de la juventud con sus cuatro ideas encima, a mí Maeztu se me antojaba con sus cuadros tan raciales, sombría y exageradamente carpetovetónicos poco más que un Zuloaga más moderno, atrevido, y eso pese a ser contemporáneos. Y no, a mí todo aquel muestrario de tipos raciales del país, campesinos de todo tipo, caballeros españoles, curas tramontanos, requetés, picoletos y beatas con mantilla no me gustaba nada, pero nada es nada. Vamos, un Saenz de Tejada, también de la tierra, con más oficio y acaso que menos compromiso con la Nueva España. Puede también que fuera producto del hartazgo de recorrer salas repletas de pintores del país, Amarica, Arteta, Diaz Olano, Iturrino, Regoyos, Salaberria, Zubiaurre, Zuloaga…, en los que se los temas relacionado con el paisaje y las gentes de cercanías se repetían hasta la saciedad como un calendario de la Caja Laboral sin diciembre. Por eso recuerdo que al entrar a la última sala, creo, no lo sé, donde Maeztu, y tras unos cuantos cuadros que diremos de rigor, esto es, aldeanos, beatas, toreros, caballeros a los que les pesa España una barbaridad y demás ralea, de repente aparecía el Idilio Negro, escena de ambiente nocturno con señora a la moda de la época, hombros desnudos y escote generoso, acompañada de un negro maduro en frac que remite, quieras o no, a una modernidad cuanto menos anglosajona con mucho jazz y frivolité. Vamos, un verdadero soplo de aire fresco, una ventana a otro mundo mejor de necesidad, más divertido, en medio de tanta prosopopeya telúrica, casi que un antecesor, si no fuera cronológicamente imposible y por lo tanto una evidente exageración, de la pintura alemana de entreguerras como Grosz u Otto Dix con sus alocadas escenas tabernarias y jazz de fondo. Luego ya sé que Maeztu tiene otras pinturas de igual fuste en ese otro museo que le dedicaron en Estella y al que la dos veces que he ido me lo he encontrado cerrado a cal y canto, con lo que me cuesta a mí arrastrar a mi señora a mi señora hasta la ciudad del Ega, creo que porque teme que le meta en ese otro de los de la boina roja y le dé luego la comida, o la cena, con mis empanadas mentales de literato de provincias.

© Txema Arinas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *