Los alfileres del dobladillo

Segundo Premio concurso literario Ciudad de Caspe

Nuestra tía Maleles fue como una segunda madre para mí y para mi hermano. Pero una de las buenas, consentidora y siempre dispuesta a responder con un sí a cualquier petición, por descabellada o pretenciosa que fuera la propuesta. Además de ayudarnos a cumplir todas nuestras infantiles fantasías con cariño, se dedicaba a coser con un estilo y un oficio que hubiesen deseado muchos grandes maestros de la costura, de esos que figuran demasiado y enhebran poco, como nos decía ella. Su fama de excelente modista era conocida en toda la comarca y, en numerosas ocasiones, recibió a elegantes señoras de la ciudad, a las que no importaba viajar por esa infernal carretera repleta de curvas, en sus imponentes y poco usuales automóviles, conducidos por uniformados chóferes que, a menudo, eran muy simpáticos y accedían a darnos un garbeo corto, mientras les cogían las medidas a sus emperifolladas jefas.

Los miércoles por la tarde se los tomaba libres y nos los dedicaba a nosotros por entero. Nunca faltaba a esa cita, marcada en rojo en sus calendarios de pared y en nuestros corazones de niños. Unas veces, cuando nos venía a recoger, nos contaba el plan que había organizado y otras mantenía el suspense durante el camino, hasta que llegábamos y descubríamos con la boca abierta su secreto, guardado a pesar de las constantes preguntas y las posibilidades que planteábamos, sin guardar turno y elevando el tono más de lo correcto, por el nerviosismo y la ilusión que se tienen en esa edad, ante lo desconocido y por la confianza ciega en quien no te ha fallado y ha compartido contigo lo esencial, el tiempo y la alegría. Eran ratos llenos de diversión y de risas basados en pequeñas cosas que nos hacían disfrutar, esas que ahora se han perdido, porque la abundancia y el exceso son los peores enemigos de la imaginación y del entusiasmo. Entonces nos hacía felices ir al cine con palomitas recién hechas, merendar unos pasteles con chocolate caliente y nata, montar en los caballitos del carrusel mareándonos en la segunda vuelta, hornear unas deliciosas galletas después de amasar sin descanso, entretenernos con juegos de mesa arruinando a la banca o yendo a la librería, a abrir los libros nuevos que acababan de llegar, acercándolos a la nariz para oler el papel sin estrenar, intentando inventar la historia encerrada en esas páginas todavía intactas, con personajes deseosos de que el lector les diese vida y empezar así a meterse, de una forma distinta, en la suya.

Pero si especiales eran aquellos momentos, todavía más eran las veces que podía entrar a su modesto y completo taller. No pasaba demasiado, porque ella tenía infinidad de encargos, a los que dedicaba interminables horas en su ruidosa máquina de característico sonido, dándole a aquel pedal que hacía girar el mecanismo de un modo que, en mi opinión resultaba fascinante, aunque seguro que era agotador para quien trabajaba y lo escuchaba cada jornada. En un rincón, había dos maniquíes de mujeres con medidas perfectas, encargados de lucir los trajes ya hechos en su máximo esplendor, y a los que me encantaba quitarles los brazos y las piernas para que ella pudiera vestirlas con sus últimas creaciones. Me entretenía ordenando las bobinas de hilos y poniéndolas por colores, porque no faltaba ninguno en cualquiera de las gamas. Buscaba retales de seda y lino, botones de distintos tamaños y tiras de tela, para diseñar los más modernos conjuntos que luciesen mis muñecas, sin embargo, era mi tía la que con cuatro puntadas rápidas les daba forma y conseguía que ajustasen perfectamente en sus cuerpos de porcelana.

Tan dedicada estaba a sus labores y exigentes clientas, que no había encontrado espacio para otros quehaceres, como el amor, algo que parecía no preocuparle demasiado, por sus bromas, especialmente relacionadas con el sobrenombre de solterona, que entonces se imponía rápidamente a las que no necesitaban casarse para ser felices, porque eran libres y autosuficientes, dueñas de sus decisiones y de su destino. Cuántas en aquella época hubiesen cambiado una convivencia impuesta, una capacidad de aguante que se daba por supuesta, una anulación de su temperamento y de su peculiaridad, unas normas que constreñían su existencia, por un apodo ridículo y mal sonante, como numerosos términos relacionados con el sector femenino. Ella era capaz de reírse y pasar por encima de aquellas continuas y reiteradas críticas, que le obligaban a vestir santos por su edad y condición, respondiendo que, desde luego, nadie podría hacerles mejores vestimentas a aquellas figuras que aquella sastrecilla valiente, armada con la aguja de la sinceridad, el hilván de la sonrisa y el dedal de la experiencia.

Por eso, esa variación radical y repentina en su camino nos pilló con el pie cambiado, dejándonos quietos, sin aliento y sin reacción por lo inesperado y por la contrariedad con su trayectoria anterior, menos convencional y más inspiradora para sus sobrinos mimados. De la noche a la mañana, vimos con tristeza cómo quedaba suspendida la agenda del mejor día de la semana, cómo se reducía su agradable compañía y cómo se incorporaba al ámbito familiar un miembro, que desde el primer instante nos resultó antipático y retorcido en sus muecas de silencio, por su gesto serio, su ropa gris y porque en su mirada intuíamos su evidente rechazo a nuestras chiquilladas, a inocentes travesuras que le parecían, desde cualquier punto de vista, inadmisibles y para las que solamente servía la mano dura.

La comida de domingo en la que conocimos a ese señor diminuto, con poco pelo y peinado hacia un lado, intentando ocultar lo evidente; con un minúsculo bigote, que era tan fino como una línea trazada por un lápiz rayado; con un tic en sus ojos, que se cerraban y abrían en décimas de segundo, con un lagrimeo constante que le obligaba a llevar un gran pañuelo blanco en su mano, no entendimos qué había podido ver en él, porque ni le acompañaba una buena presencia, ni un carácter agradable, ni un ligero sentido del humor. Además había algo en su mirada que daba miedo y producía rechazo, parecía observar cada detalle con un espíritu crítico y anotar todo en una libreta enorme en su mínima cabeza. Los mayores tampoco estaban cómodos con ese tipo agrio en la mesa dominical, que antes solía ser alegre y aderezada de múltiples comentarios y complicidad familiar, esa que solamente se siente en tu hogar, donde están tus imprescindibles, los que necesitas cerca de tu alma. Mi tía no era la misma cuando él estaba cerca, no abría la boca, no sonreía, no contaba chascarrillos graciosos, apenas se dirigía a nosotros y cuando nos hablaba era para pedirnos que nos comportásemos, que mostrásemos un poco más de educación.

Jamás les vimos entrelazar sus manos, robarse un beso a escondidas, intercambiar palabras cariñosas o mirarse acaramelados al margen del resto de los presentes, como sí hacían otras parejas del pueblo cuando paseaban por las calles. Su noviazgo, si es que eran novios, era frío y carente de emociones y sentimientos, incluso podría decirse que no se caían bien y que no tenían en común ni el más nimio rasgo de su talante, eran dos seres opuestos en lo visible y en lo imperceptible, dos personas contrarias en lo corpóreo y en lo intangible. Desde luego, no estaban hechos el uno para el otro, ni existía el menor atisbo de que aquello pudiese llegar a buen puerto, ni siquiera para unos chavalillos sin bagaje, que asistían atónitos a una realidad, que carecía de atractivo y de efectos positivos.

Es verdad, y nos costaba reconocerlo, que la queríamos solamente para nosotros, que nuestro cándido egoísmo nos había hecho creer que la tita nos quería en exclusiva, sin peajes y sin estorbos no elegidos, que nada, y mucho menos nadie, podría modificar aquella relación única, privilegiada y excluyente. Pero, si hubiésemos tenido que ceder una brizna de ese vínculo, que conceder una exigua fracción del total, que donar un ápice de esa peculiar conexión, nos hubiese gustado que fuese por alguien parecido a un príncipe azul, por una persona que encajase con el engranaje ya establecido, por un hombre que reuniese bastantes de las características que ella esperaba y deseaba, aquellas que no había encontrado y por las que había decidido no dar un paso adelante con ninguno de los heterogéneos varones que la habían cortejado, que le habían prometido bajar la luna y conquistar el universo, que le habían ofrecido pasión sin límites o plácida serenidad, que habían desplegado sus encantos, algunos ciertos y otros falsos, siempre con resultado negativo, a través de un tajante no, que era firme y meditado.

Era evidente que aquel huraño caballero tenía prisa por casarse y evitar así una razonable y encubierta huida de esa mujer, que le superaba en todos los aspectos y en los pormenores fundamentales de la decencia y la honestidad. No aceptó de ninguna manera esperar a la llegada de la primavera, ni a los albores de una estación adecuada para esa supuesta celebración, que en principio era tema de dos. No consintió regalarle ni un minuto más a su merecida y lógica soltería, y unilateralmente seleccionó el siete de enero para una boda que, desde luego debía ser austera y muy íntima, para no llamar la atención por parte de la novia y para reducir costes por parte de la tacañería de ese individuo siniestro y poco agraciado. Ella preparó un conjunto negro que no le sentaba como un guante, sin adornos, ni artificios, rechazó la posibilidad de un ramo fresco y le bastó con una mustia rosa blanca, que no había puesto ni en agua. Él no autorizó ni flores en el altar, ni arroz a la salida, ni garrapiñadas para lanzar, ni un convite de restaurante, con el pretexto de discreción, la madurez y el saber estar, permitiendo únicamente una merienda para los cercanos en casa, con chocolate y pastas caseras, porque insistía en que el sabor de lo propio no lo supera ni el mejor manjar. En el salón quedaron sin probar, porque el nudo de la garganta no nos dejaba pasar ni el bocado más exquisito, la melancolía había vencido ampliamente a nuestro apetito, y no aquel rato solamente, la inapetencia duró varias semanas, las mismas que duró el suplicio. Al regusto de la maldad no lo aventaja ni la mayor disposición.

Un mes después, con el frío de febrero, en el anochecer prematuro típico de la fecha, ella desapareció sin despedirse de él, con la fortaleza que la había caracterizado y con la sencillez de sus actos, no aptos para malvados sin entrañas. En ese punto y final, sí pudimos reconocer su personalidad y su emotividad, su empuje y su criterio sensato y considerado. Su marcha nos hizo sentirnos orgullosos y reconciliados con la cordura y el buen juicio, con la dignidad y la responsabilidad, a pesar del lamento por su ausencia y la falta de noticias. La respuesta del esposo mancillado fue peor de lo previsible, no por desamor ni resquemor, sino por desprecio y odio, alcanzando extremos terribles que causaron nuestro temor y desazón. Más de cuarenta horas estuvo gritando amenazas, insultos e improperios, hasta que recogió el escaso orgullo que le quedaba, y se perdió en la oscuridad de la noche para afortunadamente no regresar.

Transcurrido un plazo prudencial, una vecina se atrevió a entregarnos una nota que mi tía nos había dejado antes de escapar. En la misma, nos explicaba cómo la habían descubierto enviando mensajes prohibidos, políticamente incorrectos en el sentido literal, prendidos con alfileres en los bajos de algunas de las prendas que cosía o zurcía; cómo la habían amenazado de parte de las altas esferas con angustiosos e insoportables castigos, que se extendían a su querido entorno; y cómo aquel funesto emisario del poder impuesto, le había propuesto una solución beneficiosa para ambas partes, silenciando el problemático hallazgo y sorteando así otras consecuencias indeterminadas, para esas criaturas tan amadas y arropadas, que le proporcionaban una tapadera ideal a sus paseos indebidos y a las sospechosas entregas.

El instinto me llevó a deshacer, sin cuidado alguno y con renovada esperanza, el dobladillo de mi último vestido camisero, para encontrar entre lágrimas de felicidad, su mensaje enrollado delicadamente y atado con una cinta roja.

© Maria José Guillén
www.mispalabrasconletras.com

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