Los hijos de Prometeo

Suenan las altas esperanzas;

Pink Floyd

y una guitarra eléctrica de fondo

te sueñan.

Madre, las campanas se resisten a morir

ahogadas por el arpegio, tras el

rubor de juventud estremecida

una muerte prematura, de niños,

plegarias insistentes, ora…ausentes

suplican que no muera el cielo.

Y tañen estas palabras que digo…

que no solo digo, tocan de cerca

no importa la distancia;

son el bálsamo y la cicuta.

Hermanas, ángeles precoces

hay heridas abiertas y cerradas,

columpios y signos;

tienen ojos de Centauro

y descubren el abismo,

siendo abismos.

Padre, la libertad a veces

se vuelve insoportable, azúcar

diluida, busca bajo la lengua

y me hallarás en lo que digo;

cuál código de lo infinito.

Ese otro sonido, ungüento de la realidad

¿teléfono descompuesto?

Hermano, las voces que escuchas

que no sólo yo oigo,

te nombran, mientras arde un recuerdo

en el humo del cigarrillo, te devuelvo

el fuego de Prometeo, es tuyo.

Fantasmagorías de lo que veo

y que no solo he visto, o perdido,

la ciudad surfean, el velo

corre de la oscuridad a la luz

descubre casas, vapor, cementerio, incienso.

Amor, las fragancias que he olido

que no solo percibo,

se te acercan al final de la calle,

y despierta la piel

en ancestral deseo de un cuerpo íntimo.

Muchos sabores que son sustento…

los has probado, sus grumos

no solo saben, perviven en ti

gozo profundo, veneno, pan, fruto.

Esta endeble oscilidad que penetra

lo que toca, con los dedos a través de la luz

desenmascara, el transparente rojo

descubre, cálido; un oráculo mudo,

resuello único de dios

donde nace la música; oscuridad protectora

del principio.

Beatriz Osornio Morales. Hampton, Va. 2019

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